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Archive for the ‘reflexiones’ Category


URL de la foto:
Desde el sitio Flickr de
Delire Lucide.
(Gracias por la foto)
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La noche es nueva así
sobre nosotros impregnada
de esta red que nos entrega
a nosotros y nuestras ansias
enrejando los ojos
contra un azul filtrado
hasta la oscuridad que vivimos

y así de pronto sorprendemos
el universo más allá
suspendido mirando
a estos seres que lo espían
para saber cómo
atrapar el infinito

La noche nos ampara
cálida en su lejos
y también sumergida
en estos golpes del alma
que fluye bajo la piel
diciendo
contigo soy así

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URL de la foto: Salamanca
Desde el sitio Flickr de
FIDALGO 72.
(Gracias por la foto)
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despierta
abre hacia la luz
los muros de tu prisión
el abrazo de la oscuridad
las siluetas de tu silencio

busca
ese fulgor que raya
el tiempo para
crear los objetos

aspira los crujientes
colores que quiebran la tersa
soledad de tu vida

ir hacia un fondo
que llama
para volver a la noche
cargado de luz

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URL de la foto: Do you want a cup?
Desde el sitio Flickr de magic fly paula.
(Gracias por la foto)
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Un café para pensar lo que pasó.
Detenido ante mí, miro mi imagen.
No me muevo más y respiro.
Y recupero el ritmo de mi paz.
Pero sólo el cuerpo.
La mente continúa, feroz,
sacando conclusiones y recuerdos,
doblando las esquinas y mirando
debajo de las palabras y los gestos,
archivando y despertando
cada minúsculo detalle que desvista
a mi ansiedad y mi deseo.
Quisiera descubrir algún sentido
de aquello que pasó, pero solo
siento que alguien
mueve el café con una cuchara
y me despierto.

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quijote_doreAyer estuve botando libros por la ventana, con ayuda de un amigo y una amiga, de los que no diré el nombre para no comprometerlos (por lo que sucedió después). Sucede que tuve una discusión con mi casero y éste me exigió que dejara de acumular papel porque corría el peligro de incendio. Demasiado papel. Aunque en este clima húmedo de Lima lo más probable es que los libros se deshagan por los hongos antes que iluminen con fuego. Sigo con la situación. No soy fanático de los libros, la mayoría los he heredado de mis padres y hermanos mayores, así como el departamento. Soy el náufrago de una familia lectora. En fin, no sabía qué hacer. Así que llamé a J. y a M., un amigo de la infancia y una amiga de la universidad, respectivamente. Hay un patio debajo de la ventana de atrás del depa, así que le pedí permiso al casero para almacenar temporalmente el papel en esa zona, y desde allí, eliminarlo. Entonces, un domingo soleado en la tarde empezamos a ver los libros y a lanzarlos por la ventana, ya que era la forma más directa de deshacernos de ellos.Antes de todo, M. dijo que deberíamos tener algunos criterios para eliminarlos, lo que nos parecía conveniente. J. dijo que odiaba los libros de letra pequeña y volumen grueso, porque “nada que sea bueno viene en tamaño grande” (él es bajito para su edad, pero eso no es motivo, dice). M. dijo que, si lo que quería el casero era eliminar el peligro de incendio, que se vayan los libros más inflamables. Por ejemplo, los que tienen muchas páginas y de formato grande. Empezamos por el Quijote, la Enciclopedia Británica (edición de 1961) y las Obras completas de Lope de Vega. ¿Para qué leerlos?, no sirven en este siglo. Seguimos con El origen de las especies, las obras completas de Dostoievski, todos los premios Nobel de Literatura, la colección completa de National Geographic y ya no sé qué más. Total, tengo mi computadora y conexión a internet, con el saber del mundo al alcance de mi dedo. Escuchamos entre gritos y susurros abajo. Pensamos que alguien había recibido un golpe en la cabeza y que nos iban a demandar. Nos asustamos y apagamos la luz (se había hecho de noche) y nos sentamos en silencio, a escuchar, pero no oíamos nada. Entonces, mismo comando nocturno, nos deslizamos felinamente al piso de abajo. Ahí oímos lo siguiente: (Una voz masculina, ronca, visiblemente molesta): ¡hay gente descerebrada para hacer esto, Virginia! (cambió su tono y empezó a reírse) es la suciedad más emocionante que me ha caído del cielo. (Una voz de niña) pero papá, estos libros son puro polvo, claro que puedo mejorar mi inglés con esta colección, además parece que son artículos escritos por gente famosa, aquí hay uno de Harold Bloom. (Otra femenina, pero mayor) ¡Esta niña tonta! Es la enciclopedia Británica, pues. De verdad deben estar locos, no saben cuánto vale esta colección de los premio Nobel. Ni la van a encontrar en internet nunca. Como este patio es propiedad común, esto es nuestro ahora. Pero ni loca voy a venderla. quijote_dore(Un niño, como de diez años) Papá, mira, ¡este señor es como tú cuando estás en el baño, sentado, cantando tus boleros! (La segunda voz femenina) Ja, ja, ja, es la ilustración de Doré en la edición del Quijote. Sí, querido, se te parece. Además, también tiene tus ojos. (El niño de nuevo) Mamá, no entiendo. Ah, aquí está el mismo señor acompañado con un gordito, que se parece al señor Menendez. Chistosos son los dos. (La primera voz femenina) Mamá, ¿así te peinabas cuando estabas de novia? Aquí dice que los peinados de tu época se parecían a los del siglo XVIII, antes de la Revolución Francesa. (La voz del padre) Ojalá que siga lloviendo café. Los de arriba están medio idiotas. Eso último me ofendió y me iba a parar a refutar al señor ese, pero J. y M. me sujetaron y me llevaron para arriba. Nos sentamos, callados, yo, medio furioso todavía, ellos, no sé. Y no sé cuánto tiempo estuvimos así. Y nos quedamos dormidos. No teníamos hambre la mañana siguiente. Decidimos no decir nada. Me sentía avergonzado de hacer lo que hice, más por la plata que perdí que por otra cosa, dije. Aunque me provocaba (lo que no le confesé a M.) ir a preguntar quién era Doré y quien era Bloom. J. me dijo que, a lo mejor, había algo de interés en los papeles, o libros o revistas que llenaban mi departamento. Ellos empezaron a mirar por aquí y por allá. Yo me hice el que no me enteraba, ni me importaba. Cuando se fueron, se llevaban bastantes libros. A mí lo que me dio pena, cuando se fueron, es recordar la forma en que conversaba esa familia. Me gustaba esa confianza entre ellos. Confieso que quería ser ese niño que se ríe con su padre. Quizá si hubiera conversado así con los míos, no hubiera empezado a botar libros como papel. Quizá hubiera empezado a verlos con otros ojos. Por ahora, he empezado a leer un libro que se llama Robinson Crusoe, que se siente como yo, todavía en una isla. ——————————— (NOTA DEL AUTOR, o sea yo) Es una ficción no autobiográfica, pero encontrarás reminiscencias del examen de los libros en el Quijote y una chamuscadita de Fahrenheit 451 de Bradbury, y lo que no sé.

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Es absurdo decir que no sé qué pensar. Es absurdo no saber qué pensar. Es absurdo no pensar. Y, sin embargo, son freses que transitan a diario y llenan los medios de transporte. Son ellas o sus máscaras. “No sabe /no opina”, “Se encogió de hombros”, “Cerró los ojos y empezó a roncar”, “¿Qué quiere que diga?”, “¿Mmm?”, y miles de variantes, mutaciones más espantosas que el último virus de computadora.

Pensar es un deleite. Un placer, si lo queremos confesar. Pero a veces este placer se convierte en una especie de onanismo, en especial, cuando se imita el pensar con los intentos de intelectuales fatuos que juegan a combinar términos sin tocar su experiencia. Me sentía así cuando escuchaba a mis colegas universitarios hablar de la violencia y de la clase oprimida, de los problemas sociales y de la aplicación de la teoría en boga, sin responder desde sus neuronas a las preguntas básicas. Antes bien, primero devoraban libros y artículos para construir nuevos libros y artículos sin sustancia. Creo que sólo se puede leer si uno primero piensa por sí mismo y siente la “resistencia” de la realidad a dejarse encajar en las ideas.

Ahí es donde empieza el deleite de pensar, en lo que Hegel decía “el esfuerzo del concepto”. Pensar es un placer porque pensar está entre el mar y la arena: el límite cambiante entre lo que entiendo y lo que es.

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Con los años, me he vuelto intolerante con la gente que no tiene iniciativa. No con todas las personas de este tipo, sino con aquellas que no tienen problemas mentales de ningún tipo, que no tienen lagunas existenciales, que tienen tiempo libre suficiente, y, sin embargo, la vida es algo con lo que no se meten. Como unas plantitas a la entrada de alguna institución, vegetan. Trabajan para cobrar su sueldo, y su trabajo es lo mínimo necesario para no ser despedidos. No piensan en cómo aportar o se sienten relegados o no tomados en cuenta, tal vez porque creen que no poseen las cualidades de otros. Pero no hacen ningún movimiento para desmentirlo. Sólo cumplen el papel de respirar y vivir por vivir. Nadie dice que no sean “buenas personas”, incluso son personas relativamente amables, pacíficas, inocuas. Pero no se identifican con algún aspecto de su realidad. Solamente les toca vivir. Y no lo disfrutan, que al menos eso sería algún síntoma positivo. Simplemente están. En cierto sentido, es como el ruido de fondo persistente, en el que no se identifica nada en particular. Es mi intolerancia tipo 1.

Otra de mis intolerancias, digamos la de tipo 2 o”Z” (como la del Zorro, ya verán porqué), es más antigua, no me empieza a brotar más en estos tiempos, pero se actualiza debido a recientes contactos con seres de un tipo especial… mente malvado y anodino. Son personas que combinan las intenciones más egoístas con la tontería más evidente. Combinan la búsqueda del beneficio y la notoriedad con una absoluta falta de capacidades para casi todo, incluso para ser “eficientes ladrones”. Ni siquiera se les puede perdonar ser “amigos de lo ajeno” por algún atisbo de originalidad, extravagancia, simpatía o desaforada malignidad con estilo. Simplemente son unos torpes demonios que fracasan de la manera más huachafa y anti-estética, ayudados por su fanático amor por sí mismos y las muletas de su insufrible estolidez. Digamos que ni siquiera merecerían una “Z” en su patio trasero, porque el héroe no podría rebajarse a perder el tiempo con tahúres que se tropiezan con sus trapacerías aturulladamente.

No sé si la intolerancia es un pecado, o un valor negativo. Debemos ser tolerantes, se dice. Pero realmente el alma se me fractura cuando oteo o huelo o percibo alguna persona del tipo 1 o el tipo 2. Me encrespo. Me tiembla la palabra. Me rehúso a confluir en el mismo espacio. Confieso que soy intolerante. Pero creo que estas intolerancias me redimen, porque me espantan las ganas seductoras de dejarme llevar por la inercia o de caer en la tontería ególatra. Estas intolerancias me hacen bien, y, quizá, me mejoran. Dios me oiga.

P.D: hablo de personas que existen, con las que converjo, aunque lo evito. No creo que las deshumanice, porque lo más humano que existe es “el libre albedrío” y ellas eligieron ser así, son concientes de ello, lo pregonan sin decirlo. Aclaro que no hablo de aquellos que terminan siendo así por implantes neurales, fármacodependencia, problemas mentales, angustias reales, problemas sociales o familiares, u otro factor que los haya vencido. Hablo de personas que escogieron ser del modo que son y que se sienten bien así. A ellos, les dedico mi intolerancia.

Educación y tecnología

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