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Archive for 7 noviembre 2006

el viento hacia las nubes

La soledad se vuelve silenciosa

No deja que la escuches y no habla

Antes era tan solo un simple no

O la noche tranquila que te llama

A veces insinuaba los vacíos

Al mirar tu reflejo en el café

Ahora te comprende te desliza

Con tu bagaje de mentiras hacia

El cuerpo helado de esta luna gris

Que no es la luna de siempre sino es

El reflejo nocturno

De un plástico que flota y se lo lleva

El viento hacia las nubes

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pensamientos

vuelve sobre sus pasos se demora
en esos ojos contra el lago grita
atravesada por su mismo rostro
ahora piensa no debo ver espejos

en la rama se mece como un juego
un par de cuervos gritan sin parar
llaman a alguien a algo nadie sabe
sin viento que los mueva callan vuelan
yo pienso prueba de que existe dios?

la luna se golpea en las miradas
de estos niños ya quietos espantados
no la luna celeste sino aquella
enorme bola amarilla encima
que te obliga a rezar el universo
se deforma hasta odiarte pensarán

las olas tienen crestas espumosas
y sonidos cascados entre algas
se arremolinan en tus pies amada
a pedirte que vayas con sus reyes
pues no conocen otra más hermosa
ni cuerpo tan callado ni nocturno
la luz del alma da sobre tu piel
será que sienten mi deseo ahora
y se preguntan donde está el amor

se tuerce el árbol contra el mar y llora
hojas frágiles de metal verdoso
se pierden vidas pétalos marías
las calles se reparten por el pueblo
con sus voces perdidas y la noche
se ha vuelto una maraña de caminos
que terminan en otros infinitos
y solo pienso ahora en otro día

obsesivos perfectos como lanzas
como hebras de susurros en los cráneos
insistentes perpetuos terminantes
bajo continuo lluvia
luz dispersa y un solo
de columnas rotas bajo el cielo

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Sobre la necesidad de comprender

De lo que no se puede hablar hay que callar” reza la sentencia final del Tractatus logico-philosophicus de Wittgenstein, y se hace todo un lío tratando de definir de qué se puede hablar. Y más adelante también se pone a pensar qué es lo que es “hablar”, para dejar de decir lo que se ha de sentir. En fin, que siempre se llega a un “no sé qué que queda balbuciendo” (San Juan de la Cruz), siempre sentimos que hay límites a lo que podemos comunicar a otros o, incluso, a lo que podemos comprender.

Es parte de nuestra limitada razón de ser: somos un ser de perspectiva restringida a un espacio y un tiempo específicos. Por definición, para cada uno habrá la imposibilidad de ir más allá de uno mismo. La tratamos de superar compartiendo nuestra experiencia de muchas formas: el arte y la ciencia, la conversación y la discusión, el amor y el odio, son maneras de atrapar lo que no nos pertenece pero que deseamos: sospechas de otros mundos, luces de otros cuartos. Al morir, nos vamos con equipaje que hemos recolectado, comprado, recibido por regalo, heredado, sustraído, robado. Somos más que sólo el ser desnudo que empezó el camino: con un atisbo de comprensión de todo lo demás.

Esta recolección nuestra nos hace menos ególatras: le debemos a mucha gente. La sabiduría es una deuda sin complejo de culpa, al menos, nos hace dejar de aferrarnos a un yo escuálido y a querer sentirnos menos lejos de todo. La sabiduría diluye la sensación de pertenencia. Y la comprensión proviene de dejarnos llevar por lo que no sabemos. Pero la sabiduría no es una mera recolección, es más bien un paseo, donde nos olvidamos a cada paso que se nos queda en el recuerdo cada paso. Es una pérdida de la conciencia donde se forma una conciencia adherida al viaje, una fenomenología del espíritu, un recorrido que no percibe su cambio sino cuando termina su viaje y muere.

Aún ahí, sólo sentimos el mundo de nuestro viaje. Y sentimos que hay muchos viajes. Y muchos mundos. Y que será imposible tenerlos todos. O nos resignamos amorosamente a este límite o nos dejamos llevar y nos diluimos totalmente en vida. Sin ninguna razón, sin cálculo ni lógica, sin suma ni resumen. Nos dejamos. Ponemos fe en cualquiera de estas dos soluciones: la absoluta servidumbre de nuestro sitio o la absoluta negación de nuestro sitio. Es el límite a la comprensión racional de todo. Podemos llamarlo misticismo, lo inefable. Podemos sentirlo como una iluminación, un vasallaje, un mutismo, un desvanecimiento, un ensimismamiento, una ausencia. Recuerdo a Cassirer que mencionaba el “mana”, a Otto que refería de lo santo, una reacción ante la presencia de lo que no puede ser expresado.

Dirán que es “experiencia religiosa”. Es una forma de reaccionar ante los límites de nuestra comprensión. No para reunirla en una “gestalt”, no para recolectarla, no para recrearla y comunicarla, no para dominarla o controlarla, no para huir de ella. No es ciencia, no es arte, no es tecnología, no es política, no es… otras muchas actividades humanas clasificadas en nuestra época. Es una forma de vivir con lo que no comprendemos.

cubosEl hombre es un ser contradictorio, que puede vivir con dos propósitos encontrados en su corazón. Es un ser que puede creer y que siente que toda creencia debe ser probada. Es un ser que piensa cada acto y que actúa sin pensar. Esta contradicción esencial lo mantiene vivo. Le impide comprenderse y le ayuda a comprenderse. Así, podemos vivir todos juntos aunque no nos comprendamos. Basta sentir que algo en el otro me perturba. Que no lo comprendo y que…

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quijote_doreAyer estuve botando libros por la ventana, con ayuda de un amigo y una amiga, de los que no diré el nombre para no comprometerlos (por lo que sucedió después). Sucede que tuve una discusión con mi casero y éste me exigió que dejara de acumular papel porque corría el peligro de incendio. Demasiado papel. Aunque en este clima húmedo de Lima lo más probable es que los libros se deshagan por los hongos antes que iluminen con fuego. Sigo con la situación. No soy fanático de los libros, la mayoría los he heredado de mis padres y hermanos mayores, así como el departamento. Soy el náufrago de una familia lectora. En fin, no sabía qué hacer. Así que llamé a J. y a M., un amigo de la infancia y una amiga de la universidad, respectivamente. Hay un patio debajo de la ventana de atrás del depa, así que le pedí permiso al casero para almacenar temporalmente el papel en esa zona, y desde allí, eliminarlo. Entonces, un domingo soleado en la tarde empezamos a ver los libros y a lanzarlos por la ventana, ya que era la forma más directa de deshacernos de ellos.Antes de todo, M. dijo que deberíamos tener algunos criterios para eliminarlos, lo que nos parecía conveniente. J. dijo que odiaba los libros de letra pequeña y volumen grueso, porque “nada que sea bueno viene en tamaño grande” (él es bajito para su edad, pero eso no es motivo, dice). M. dijo que, si lo que quería el casero era eliminar el peligro de incendio, que se vayan los libros más inflamables. Por ejemplo, los que tienen muchas páginas y de formato grande. Empezamos por el Quijote, la Enciclopedia Británica (edición de 1961) y las Obras completas de Lope de Vega. ¿Para qué leerlos?, no sirven en este siglo. Seguimos con El origen de las especies, las obras completas de Dostoievski, todos los premios Nobel de Literatura, la colección completa de National Geographic y ya no sé qué más. Total, tengo mi computadora y conexión a internet, con el saber del mundo al alcance de mi dedo. Escuchamos entre gritos y susurros abajo. Pensamos que alguien había recibido un golpe en la cabeza y que nos iban a demandar. Nos asustamos y apagamos la luz (se había hecho de noche) y nos sentamos en silencio, a escuchar, pero no oíamos nada. Entonces, mismo comando nocturno, nos deslizamos felinamente al piso de abajo. Ahí oímos lo siguiente: (Una voz masculina, ronca, visiblemente molesta): ¡hay gente descerebrada para hacer esto, Virginia! (cambió su tono y empezó a reírse) es la suciedad más emocionante que me ha caído del cielo. (Una voz de niña) pero papá, estos libros son puro polvo, claro que puedo mejorar mi inglés con esta colección, además parece que son artículos escritos por gente famosa, aquí hay uno de Harold Bloom. (Otra femenina, pero mayor) ¡Esta niña tonta! Es la enciclopedia Británica, pues. De verdad deben estar locos, no saben cuánto vale esta colección de los premio Nobel. Ni la van a encontrar en internet nunca. Como este patio es propiedad común, esto es nuestro ahora. Pero ni loca voy a venderla. quijote_dore(Un niño, como de diez años) Papá, mira, ¡este señor es como tú cuando estás en el baño, sentado, cantando tus boleros! (La segunda voz femenina) Ja, ja, ja, es la ilustración de Doré en la edición del Quijote. Sí, querido, se te parece. Además, también tiene tus ojos. (El niño de nuevo) Mamá, no entiendo. Ah, aquí está el mismo señor acompañado con un gordito, que se parece al señor Menendez. Chistosos son los dos. (La primera voz femenina) Mamá, ¿así te peinabas cuando estabas de novia? Aquí dice que los peinados de tu época se parecían a los del siglo XVIII, antes de la Revolución Francesa. (La voz del padre) Ojalá que siga lloviendo café. Los de arriba están medio idiotas. Eso último me ofendió y me iba a parar a refutar al señor ese, pero J. y M. me sujetaron y me llevaron para arriba. Nos sentamos, callados, yo, medio furioso todavía, ellos, no sé. Y no sé cuánto tiempo estuvimos así. Y nos quedamos dormidos. No teníamos hambre la mañana siguiente. Decidimos no decir nada. Me sentía avergonzado de hacer lo que hice, más por la plata que perdí que por otra cosa, dije. Aunque me provocaba (lo que no le confesé a M.) ir a preguntar quién era Doré y quien era Bloom. J. me dijo que, a lo mejor, había algo de interés en los papeles, o libros o revistas que llenaban mi departamento. Ellos empezaron a mirar por aquí y por allá. Yo me hice el que no me enteraba, ni me importaba. Cuando se fueron, se llevaban bastantes libros. A mí lo que me dio pena, cuando se fueron, es recordar la forma en que conversaba esa familia. Me gustaba esa confianza entre ellos. Confieso que quería ser ese niño que se ríe con su padre. Quizá si hubiera conversado así con los míos, no hubiera empezado a botar libros como papel. Quizá hubiera empezado a verlos con otros ojos. Por ahora, he empezado a leer un libro que se llama Robinson Crusoe, que se siente como yo, todavía en una isla. ——————————— (NOTA DEL AUTOR, o sea yo) Es una ficción no autobiográfica, pero encontrarás reminiscencias del examen de los libros en el Quijote y una chamuscadita de Fahrenheit 451 de Bradbury, y lo que no sé.

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[S]

déjame en el borde de este silencio
para contemplar cómo se oscurece
cada sílaba hasta que cae
y en la superficie reverbera su sensación
mientras la lluvia afuera
convierte su impaciencia en
un aire sostenido de memorias
y me duermo entre sus rumores
desvanecido en mí

tartamudea y se derrama
en perdones contra la luna
un estanque herido por un guijarro

hebras y hojas de este viento
en que me aíslo para saber
tocan mi piel sin recordarme

donde vengo a verme y a decirme
hasta ser mi silencio

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