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Archive for 18 agosto 2006

mimesis : Archivo al 2005_11

Descanso en este día sobre el muerto
Placer de estar mirando sin pensar
El cielo encapotado y sin odiar
Los cuatro pies de tierra que es mi puerto.

Descanso sin conciencia de estar muerto
De tristeza, de cólera y de odiar
Las palabras que dije sin pensar.
Y encallo silencioso en este puerto.

En los bancos de arena en que me hundo
Oliendo a los recuerdos y las penas
Mi cuerpo pide espacio para un alma.

Y esta noche viscosa y el profundo
Suplicar susurrado de las venas
Me dejan para siempre en esta calma.

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Es absurdo decir que no sé qué pensar. Es absurdo no saber qué pensar. Es absurdo no pensar. Y, sin embargo, son freses que transitan a diario y llenan los medios de transporte. Son ellas o sus máscaras. “No sabe /no opina”, “Se encogió de hombros”, “Cerró los ojos y empezó a roncar”, “¿Qué quiere que diga?”, “¿Mmm?”, y miles de variantes, mutaciones más espantosas que el último virus de computadora.

Pensar es un deleite. Un placer, si lo queremos confesar. Pero a veces este placer se convierte en una especie de onanismo, en especial, cuando se imita el pensar con los intentos de intelectuales fatuos que juegan a combinar términos sin tocar su experiencia. Me sentía así cuando escuchaba a mis colegas universitarios hablar de la violencia y de la clase oprimida, de los problemas sociales y de la aplicación de la teoría en boga, sin responder desde sus neuronas a las preguntas básicas. Antes bien, primero devoraban libros y artículos para construir nuevos libros y artículos sin sustancia. Creo que sólo se puede leer si uno primero piensa por sí mismo y siente la “resistencia” de la realidad a dejarse encajar en las ideas.

Ahí es donde empieza el deleite de pensar, en lo que Hegel decía “el esfuerzo del concepto”. Pensar es un placer porque pensar está entre el mar y la arena: el límite cambiante entre lo que entiendo y lo que es.

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Con los años, me he vuelto intolerante con la gente que no tiene iniciativa. No con todas las personas de este tipo, sino con aquellas que no tienen problemas mentales de ningún tipo, que no tienen lagunas existenciales, que tienen tiempo libre suficiente, y, sin embargo, la vida es algo con lo que no se meten. Como unas plantitas a la entrada de alguna institución, vegetan. Trabajan para cobrar su sueldo, y su trabajo es lo mínimo necesario para no ser despedidos. No piensan en cómo aportar o se sienten relegados o no tomados en cuenta, tal vez porque creen que no poseen las cualidades de otros. Pero no hacen ningún movimiento para desmentirlo. Sólo cumplen el papel de respirar y vivir por vivir. Nadie dice que no sean “buenas personas”, incluso son personas relativamente amables, pacíficas, inocuas. Pero no se identifican con algún aspecto de su realidad. Solamente les toca vivir. Y no lo disfrutan, que al menos eso sería algún síntoma positivo. Simplemente están. En cierto sentido, es como el ruido de fondo persistente, en el que no se identifica nada en particular. Es mi intolerancia tipo 1.

Otra de mis intolerancias, digamos la de tipo 2 o”Z” (como la del Zorro, ya verán porqué), es más antigua, no me empieza a brotar más en estos tiempos, pero se actualiza debido a recientes contactos con seres de un tipo especial… mente malvado y anodino. Son personas que combinan las intenciones más egoístas con la tontería más evidente. Combinan la búsqueda del beneficio y la notoriedad con una absoluta falta de capacidades para casi todo, incluso para ser “eficientes ladrones”. Ni siquiera se les puede perdonar ser “amigos de lo ajeno” por algún atisbo de originalidad, extravagancia, simpatía o desaforada malignidad con estilo. Simplemente son unos torpes demonios que fracasan de la manera más huachafa y anti-estética, ayudados por su fanático amor por sí mismos y las muletas de su insufrible estolidez. Digamos que ni siquiera merecerían una “Z” en su patio trasero, porque el héroe no podría rebajarse a perder el tiempo con tahúres que se tropiezan con sus trapacerías aturulladamente.

No sé si la intolerancia es un pecado, o un valor negativo. Debemos ser tolerantes, se dice. Pero realmente el alma se me fractura cuando oteo o huelo o percibo alguna persona del tipo 1 o el tipo 2. Me encrespo. Me tiembla la palabra. Me rehúso a confluir en el mismo espacio. Confieso que soy intolerante. Pero creo que estas intolerancias me redimen, porque me espantan las ganas seductoras de dejarme llevar por la inercia o de caer en la tontería ególatra. Estas intolerancias me hacen bien, y, quizá, me mejoran. Dios me oiga.

P.D: hablo de personas que existen, con las que converjo, aunque lo evito. No creo que las deshumanice, porque lo más humano que existe es “el libre albedrío” y ellas eligieron ser así, son concientes de ello, lo pregonan sin decirlo. Aclaro que no hablo de aquellos que terminan siendo así por implantes neurales, fármacodependencia, problemas mentales, angustias reales, problemas sociales o familiares, u otro factor que los haya vencido. Hablo de personas que escogieron ser del modo que son y que se sienten bien así. A ellos, les dedico mi intolerancia.

Educación y tecnología

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Donde escucho la pregunta

Donde por pena el tiempo me destroza
para que no conozca más y muera
fracasado y oculto en mi salmuera.
La vida es esta noche que me empoza

entre paredes sucias, donde goza
mi cuerpo las pinturas, la escalera
que se abre de lejos hacia afuera
y cada pensamiento de lluviosa

primavera de sueños. Donde gira
la mano, la cadena, la mirada,
buscando inútil el espacio abierto.

La vena de mis párpados suspira.
La voz en mis oídos suena helada.
Y esa luz me pregunta si ya he muerto.

mimesis : Archivo al 2006_05

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