Con los años, me he vuelto intolerante con la gente que no tiene iniciativa. No con todas las personas de este tipo, sino con aquellas que no tienen problemas mentales de ningún tipo, que no tienen lagunas existenciales, que tienen tiempo libre suficiente, y, sin embargo, la vida es algo con lo que no se meten. Como unas plantitas a la entrada de alguna institución, vegetan. Trabajan para cobrar su sueldo, y su trabajo es lo mÃnimo necesario para no ser despedidos. No piensan en cómo aportar o se sienten relegados o no tomados en cuenta, tal vez porque creen que no poseen las cualidades de otros. Pero no hacen ningún movimiento para desmentirlo. Sólo cumplen el papel de respirar y vivir por vivir. Nadie dice que no sean “buenas personas”, incluso son personas relativamente amables, pacÃficas, inocuas. Pero no se identifican con algún aspecto de su realidad. Solamente les toca vivir. Y no lo disfrutan, que al menos eso serÃa algún sÃntoma positivo. Simplemente están. En cierto sentido, es como el ruido de fondo persistente, en el que no se identifica nada en particular. Es mi intolerancia tipo 1.
Otra de mis intolerancias, digamos la de tipo 2 o”Z” (como la del Zorro, ya verán porqué), es más antigua, no me empieza a brotar más en estos tiempos, pero se actualiza debido a recientes contactos con seres de un tipo especial… mente malvado y anodino. Son personas que combinan las intenciones más egoÃstas con la tonterÃa más evidente. Combinan la búsqueda del beneficio y la notoriedad con una absoluta falta de capacidades para casi todo, incluso para ser “eficientes ladrones”. Ni siquiera se les puede perdonar ser “amigos de lo ajeno” por algún atisbo de originalidad, extravagancia, simpatÃa o desaforada malignidad con estilo. Simplemente son unos torpes demonios que fracasan de la manera más huachafa y anti-estética, ayudados por su fanático amor por sà mismos y las muletas de su insufrible estolidez. Digamos que ni siquiera merecerÃan una “Z” en su patio trasero, porque el héroe no podrÃa rebajarse a perder el tiempo con tahúres que se tropiezan con sus trapacerÃas aturulladamente.
No sé si la intolerancia es un pecado, o un valor negativo. Debemos ser tolerantes, se dice. Pero realmente el alma se me fractura cuando oteo o huelo o percibo alguna persona del tipo 1 o el tipo 2. Me encrespo. Me tiembla la palabra. Me rehúso a confluir en el mismo espacio. Confieso que soy intolerante. Pero creo que estas intolerancias me redimen, porque me espantan las ganas seductoras de dejarme llevar por la inercia o de caer en la tonterÃa ególatra. Estas intolerancias me hacen bien, y, quizá, me mejoran. Dios me oiga.
P.D: hablo de personas que existen, con las que converjo, aunque lo evito. No creo que las deshumanice, porque lo más humano que existe es “el libre albedrÃo” y ellas eligieron ser asÃ, son concientes de ello, lo pregonan sin decirlo. Aclaro que no hablo de aquellos que terminan siendo asà por implantes neurales, fármacodependencia, problemas mentales, angustias reales, problemas sociales o familiares, u otro factor que los haya vencido. Hablo de personas que escogieron ser del modo que son y que se sienten bien asÃ. A ellos, les dedico mi intolerancia.
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